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El hombre de Hielo;

lunes, 17 de octubre de 2011,10/17/2011

El hombre de Hielo (Murakami, Haruki)
Me casé con un hombre de hielo.
Lo vi por primera vez en un hotel para esquiadores, que es quizá el sitio indicado para conocer a alguien así. El lobby estaba lleno de jóvenes bulliciosos pero el hombre de hielo permanecía sentado a solas en una butaca en la esquina más alejada de la chimenea, absorto en un libro. Pese a que era cerca de mediodía, la luz diáfana y fría de esa mañana de principios de invierno parecía demorarse a su alrededor.
—Mira, un hombre de hielo —susurró mi amiga.
En ese momento, sin embargo, yo no tenía la menor idea de lo que era un hombre de hielo. A mi amiga le sucedía lo mismo:
—Debe estar hecho de hielo. Por eso lo llaman así. —Dijo esto con una expresión grave, como si hablara de un fantasma o de alguien que padeciera una enfermedad contagiosa.
El hombre de hielo era alto y aparentemente joven pero en su cabello grueso, similar al alambre, había zonas de blancura que hacían pensar en parches de nieve sin derretir. Sus pómulos eran angulosos, como piedra congelada, y sus dedos estaban rodeados por una escarcha que daba la impresión de que nunca se fundiría. Por lo demás, no obstante, parecía un hombre común y corriente.
No era lo que se dice guapo aunque uno notaba que podía ser muy atractivo, dependiendo del modo en que se le observara. En cualquier caso, algo en él me conmovió hasta lo más profundo, algo que sentí se localizaba en sus ojos más que en ninguna otra parte. Silenciosa y transparente, su mirada evocaba las astillas de luz que atraviesan los carámbanos en una mañana invernal. Era como el único destello de vida en un cuerpo artificial.
Me quedé inmóvil por un tiempo, espiando al hombre de hielo a la distancia. No alzó la vista. Continuó sentado sin inmutarse, enfrascado en su libro como si no hubiera nadie en torno suyo.
A la mañana siguiente el hombre de hielo se hallaba otra vez en el mismo lugar, leyendo un libro de la misma manera. Cuando fui al comedor para el almuerzo, y cuando regresé de esquiar con mis amigos al atardecer, aún estaba ahí, fijando la misma mirada en las páginas del mismo libro. Al día siguiente no hubo cambios. Incluso al caer el sol, y mientras la oscuridad ganaba terreno, permaneció en su butaca con la quietud de la escena invernal al otro lado de la ventana.
La tarde del cuarto día inventé alguna excusa para no salir a esquiar. Me quedé sola en el hotel y vagué un rato por el lobby, desierto como un pueblo fantasma. El aire era cálido y húmedo y la estancia tenía un olor curiosamente abatido: el olor de la nieve adherida a la suela de los zapatos que ahora se derretía frente a la chimenea. Miré por los ventanales, hojeé uno o dos periódicos y luego, armándome de valor, me dirigí al hombre de hielo y le hablé.
Tiendo a ser tímida con extraños, y salvo que haya una buena razón no acostumbro platicar con gente que no conozco. Pero pese a todo me sentí impelida a hablar con el hombre de hielo. Era mi última noche en el hotel, y temía que si dejaba pasar la oportunidad nunca volvería a conversar con alguien así.
—¿No esquías? —le pregunté del modo más casual que pude.
Alzó el rostro con lentitud, como si hubiera oído un ruido lejano, y me miró con esos ojos. Después negó con la cabeza.
—No esquío —dijo—. Me gusta sentarme aquí a leer y observar la nieve.
Encima de él las palabras formaron nubes blancas semejantes a los globos de un cómic. De hecho pude ver las palabras en la atmósfera, hasta que las borró con un dedo escarchado.
No supe qué decir a continuación. Me sonrojé y me quedé inmóvil. El hombre de hielo me vio a los ojos y pareció esbozar una sonrisa tenue.
—¿Quieres sentarte? —preguntó—. Te intereso, ¿verdad? Quieres saber qué es un hombre de hielo. —Rió—. Tranquila, no hay por qué preocuparse. No vas a resfriarte sólo por hablar conmigo.
Nos sentamos juntos en un sofá en un rincón del lobby y vimos danzar los copos de nieve a través de la ventana. Pedí un chocolate caliente y lo bebí, pero él no ordenó nada. Al parecer era tan torpe como yo a la hora de entablar una conversación. No sólo eso, sino que daba la impresión de que no teníamos ningún tema en común. Al principio hablamos del clima. Luego, del hotel.
—¿Estás solo? —le pregunté.
—Sí —contestó. Después preguntó si me gustaba esquiar.
—No mucho —dije—. Vine únicamente porque mis amigos insistieron. De hecho casi no esquío.
Había tantas cosas que quería saber. ¿Realmente su cuerpo era de hielo? ¿Qué comía? ¿Dónde pasaba los veranos? ¿Tenía familia? Cosas por el estilo. Pero el hombre de hielo no habló de sí mismo, y yo me abstuve de hacerle preguntas personales.
En lugar de eso, habló de mí. Sé que es difícil creerlo, pero de alguna manera sabía todo sobre mí. Sabía quiénes eran los miembros de mi familia; sabía mi edad, mis preferencias y aversiones, mi estado de salud, a qué escuela iba, qué amigos frecuentaba. Sabía incluso cosas que me habían ocurrido hacía tanto tiempo que hasta las había olvidado.
—No entiendo —dije, confundida. Me sentía como si estuviera desnuda ante un extraño—. ¿Cómo sabes tanto de mí? ¿Puedes leer la mente?
—No, no puedo leer la mente ni nada parecido. Sólo sé —respondió—. Sólo sé. Es como si mirara con fuerza dentro del hielo: cuando te miro así, de pronto veo perfectamente cosas acerca de ti.
—¿Puedes ver mi futuro? —le pregunté.
—No puedo ver el futuro —dijo con calma—. El futuro no me puede interesar para nada; para ser más preciso, no sé qué significa. Eso es porque el hielo no tiene futuro; todo lo que posee es el pasado que encierra. El hielo es capaz de preservar las cosas de esa forma: limpia y clara y tan vívidamente como si aún existieran. Ésa es la esencia del hielo.
—Qué bonito —dije, y sonreí—. Me alegra escucharlo. A fin de cuentas, lo cierto es que no me importa averiguar mi futuro.
Nos volvimos a encontrar en varias ocasiones, una vez que regresamos a la ciudad. A la larga comenzamos a salir. No íbamos al cine, sin embargo, ni a tomar café. Ni siquiera íbamos a restaurantes. Era raro que el hombre de hielo comiera algo. En lugar de eso, solíamos sentarnos en una banca en el parque a hablar de distintas cosas: de todo salvo de él.
—¿Por qué? —le pregunté un día—. ¿Por qué no hablas de ti? Quiero conocerte mejor. ¿Dónde naciste? ¿Cómo son tus padres? ¿Cómo te convertiste en un hombre de hielo?
Me observó un rato y luego sacudió la cabeza.
—No lo sé —dijo nítida, serenamente, exhalando una bocanada de palabras blancas—. Conozco la historia de todo lo demás, pero yo carezco de pasado.
No sé dónde nací ni cómo eran mis padres; ni siquiera sé si los tuve. Ignoro qué tan viejo soy; ignoro, aun más, si tengo edad.
El hombre de hielo era tan solitario como un iceberg en la noche oscura.
Me enamoré perdidamente del hombre de hielo. Él me amaba tal como era: en el presente, sin ningún futuro. Yo, por mi parte, lo amaba tal como era: en el presente, sin ningún pasado. Incluso empezamos a hablar de matrimonio.
Yo acababa de cumplir veinte años y él era mi primer amor real. En aquella época ni siquiera podía imaginar qué significaba amar a un hombre de hielo. Pero dudo que haberme enamorado de un hombre común hubiera aclarado mi noción del amor.
Mi madre y mi hermana mayor se oponían con firmeza a que me casara con él.
—Estás muy joven para casarte —decían—. Además, no sabes nada de su vida. Vaya, no sabes dónde ni cuándo nació. ¿Cómo decirles a nuestros parientes que te casarás con alguien así? Por si fuera poco, hablamos de un hombre de hielo: ¿qué vas a hacer si de pronto se derrite? Parece que ignoras que el matrimonio implica un compromiso auténtico.
Sus preocupaciones, no obstante, eran infundadas. Al fin y al cabo, un hombre de hielo no está hecho verdaderamente de hielo. Por más calor que haga no se va a fundir. Se le llama así porque su cuerpo es frío como el hielo pero su constitución es distinta, y no es la clase de frialdad que roba la calidez de la gente.
De modo que nos casamos. Nadie bendijo la unión, ningún amigo o pariente compartió nuestra alegría. No hubo ceremonia, y a la hora de anotar mi nombre en su registro familiar, bueno, resultó que el hombre de hielo no tenía. Así que simplemente decidimos que estábamos casados. Compramos un pequeño pastel y lo comimos juntos: ésa fue nuestra modesta boda.
Rentamos un departamento diminuto, y el hombre de hielo comenzó a ganarse la vida en un depósito de carne congelada. Podía soportar las más bajas temperaturas, y por mucho que trabajara nunca se sentía exhausto. Le caía muy bien al patrón, que le pagaba mejor que al resto de los empleados. Llevábamos una rutina feliz, sin molestar y sin que nos molestaran.
Cuando él me hacía el amor, en mi mente aparecía un trozo de hielo que estaba segura existía en algún sitio en medio de una soledad imperturbable. Pensaba que quizá él sabía dónde se hallaba. Era un pedazo de hielo duro, tanto que yo imaginaba que nada podía igualar su dureza. Era el trozo de hielo más grande del orbe. Se encontraba en un lugar muy lejano, y el hombre de hielo transmitía la memoria de esa gelidez tanto a mí como al mundo.
Al principio me sentía turbada cuando él me hacía el amor, aunque al cabo de un tiempo me acostumbré. Incluso me empezó a agradar el sexo con el hombre de hielo. De noche compartíamos en silencio esa enorme mole congelada en la que cientos de millones de años —todos los pasados del mundo— se almacenaban.
En nuestro matrimonio no había problemas de consideración. Nos amábamos profundamente, nada se interponía entre nosotros. Queríamos tener un hijo, algo que se antojaba imposible tal vez porque los genes humanos no se mezclan fácilmente con los de un hombre de hielo. En cualquier caso, fue en parte debido a la ausencia de hijos que de golpe me vi con tiempo de sobra. Terminaba con todas las labores hogareñas por la mañana y después no tenía nada qué hacer. No había amigos con los que pudiera platicar o salir y tampoco congeniaba con los vecinos del barrio.
Mi madre y mi hermana aún estaban furiosas conmigo por haberme casado con el hombre de hielo y no daban señales de querer verme de nuevo. Y pese a que, con el paso de los meses, la gente a nuestro alrededor empezó a platicar con él de vez en cuando, en lo más hondo de sus corazones todavía no aceptaban al hombre de hielo ni a mí, que lo había desposado. Éramos distintos a ellos, y ni todo el tiempo del mundo podría salvar el abismo que nos separaba.
Así que mientras el hombre de hielo trabajaba yo me quedaba en el departamento, leyendo libros o escuchando música. Sea como sea prefiero por lo general estar en casa, y no me importa la soledad. Pero aún era joven, y hacer lo mismo día tras día comenzó a incomodarme a la larga. Lo que dolía no era el tedio sino la repetición.
Por eso un día le dije a mi marido:
—¿Qué tal si para variar viajamos a algún lado?
—¿Un viaje? —contestó. Entrecerró los ojos y me miró—. ¿Por qué se te ocurre que debemos viajar? ¿No estás contenta aquí conmigo?
—No es eso —dije—. Soy feliz. Pero estoy aburrida. Tengo ganas de viajar a un sitio lejano para ver cosas que jamás he visto. Quiero saber qué se siente respirar aire nuevo. ¿Comprendes? Además, aún no hemos tenido nuestra luna de miel. Contamos con ahorros y tus días de vacaciones se acercan. ¿No es hora de que huyamos de aquí para descansar un poco?
El hombre de hielo lanzó un suspiro glacial y profundo que se cristalizó en la atmósfera con un sonido tintineante. Entrelazó sus largos dedos sobre las rodillas y dijo:
—Bueno, si en serio te mueres por viajar no tengo nada en contra. Iré a donde sea si eso te hace feliz. Pero ¿sabes a dónde quieres ir?
—¿Qué tal si vamos al Polo Sur? —dije. Elegí el Polo Sur porque estaba segura de que al hombre de hielo le interesaría visitar un lugar frío. Y, para ser sincera, siempre había querido viajar ahí. Quería vestir un abrigo de pieles con capucha, ver la aurora austral y una bandada de pingüinos.
Al oír esto mi esposo me vio directamente a los ojos, sin parpadear, y yo sentí como si una afilada estalactita me taladrara hasta la parte trasera del cráneo. Permaneció un rato en silencio y al fin dijo, con voz fulgurante:
—De acuerdo, si eso es lo que quieres, vamos al Polo Sur. ¿Estás absolutamente convencida de que es lo que deseas?
Fui incapaz de responder de inmediato. El hombre de hielo me había clavado su mirada durante tanto tiempo que sentía adormecido el interior de mi cabeza. Luego asentí.
Con el tiempo, sin embargo, fui arrepintiéndome de haber propuesto la idea de viajar al Polo Sur. Ignoro por qué, pero me dio la impresión de que en cuanto mencioné las palabras “Polo Sur” algo cambió dentro de mi marido. Sus ojos se aguzaron, su aliento comenzó a salir más blanco, la escarcha de sus dedos aumentó. Ya casi no hablaba conmigo, y dejó de comer por completo. Todo ello me hizo sentir muy insegura.
Cinco días antes de nuestra partida, me armé de valor y dije:
—Olvidémonos de visitar el Polo Sur. Ahora que lo pienso me doy cuenta de que va a hacer mucho frío, lo que quizá no es bueno para la salud. Empiezo a creer que tal vez sea mejor ir a un lugar más ordinario. ¿Qué tal Europa? Vámonos de vacaciones a España. Podemos beber vino, comer paella y ver una corrida de toros o algo así.
Pero mi esposo no me prestó atención. Durante unos minutos se quedó con la mirada perdida en el espacio. Después dijo:
—No, España no me atrae particularmente: demasiado calurosa para mí. Demasiado polvo, comida muy condimentada. Además, ya compré los boletos para el Polo Sur y hay un abrigo de pieles y botas especiales para ti. No podemos tirar todo a la basura. Ahora que llegamos tan lejos no se puede dar marcha atrás.
La verdad es que estaba asustada. Tenía la sospecha de que si íbamos al Polo Sur nos sucedería algo que seríamos incapaces de remediar. Sufría una pesadilla recurrente, siempre la misma: daba un paseo y caía en una grieta insondable que se había abierto a mis pies. Nadie me encontraría y yo me congelaría. Encerrada en el hielo, escrutaría la bóveda celeste. Estaría consciente pero no podría mover ni un dedo. Descubriría que poco a poco me transformaba en el pasado. Las personas que me observaban, que veían en lo que me había convertido, miraban el pasado. Yo era una escena que retrocedía, alejándose de ellas.
Y entonces despertaba para toparme con el hombre de hielo durmiendo junto a mí. Acostumbraba dormir sin respirar, como un difunto.
Aunque lo amaba. Yo empezaba a llorar y mis lágrimas goteaban en su mejilla y él se incorporaba para abrazarme.
—Tuve una pesadilla —le decía.
—Es sólo un sueño —me contestaba—. Los sueños vienen del pasado y no del futuro. No estás atada a ellos, tú eres quien los atas. ¿Lo entiendes?
—Sí —decía yo pese a no estar convencida.
No hallé una buena razón para cancelar el viaje, de modo que al final mi marido y yo abordamos un avión rumbo al Polo Sur. Todas las aeromozas se veían taciturnas. Yo quería admirar el paisaje por la ventanilla, pero las nubes eran tan espesas que obstaculizaban la visibilidad. Al cabo de un rato la ventanilla se cubrió con una capa de hielo. Mi esposo iba sentado en silencio, absorto en un libro. Yo no sentía ni un gramo de la excitación que implica salir de vacaciones. Actuaba como autómata, haciendo cosas que ya estaban decididas.
Al bajar por la escalerilla y tocar el suelo del Polo Sur, noté que el cuerpo de mi marido se cimbraba. Duró menos que un parpadeo, apenas medio segundo, y su expresión no varió, pero lo advertí con claridad. Algo dentro del hombre de hielo se había agitado secreta, violentamente. Se detuvo y estudió el cielo, después sus manos. Soltó un enorme suspiro. Entonces me miró y sonrió. Dijo:
—¿Es éste el sitio que querías conocer?
—Sí —respondí—. Así es.
El desamparo del Polo Sur rebasó todas mis expectativas. Casi nadie vivía ahí. Había únicamente un pueblo pequeño, anodino, con un hotel que era también, por supuesto, pequeño y anodino. El Polo Sur no era un destino turístico. No había pingüinos. No se podía ver la aurora austral. No había árboles, flores, ríos ni estanques. A dondequiera que iba sólo había hielo. El erial congelado se extendía por doquier, hasta donde alcanzaba la vista.
Mi esposo, no obstante, caminaba con entusiasmo de un lado a otro como si no tuviera suficiente. Aprendió pronto el idioma local, y platicaba con los lugareños con una voz en la que se detectaba el sordo rugido de una avalancha. Charlaba con ellos durante horas con una expresión seria en el rostro, pero yo no tenía manera de saber de qué hablaban. Sentía como si mi marido me hubiera traicionado y dejado a que me cuidara yo sola.
Ahí, en ese orbe sin palabras rodeado de hielo sólido, perdí a la larga toda mi energía. Poco a poco, poco a poco.
Al final ya no tenía ni la fuerza necesaria para enojarme. Era como si en algún punto hubiera extraviado la brújula de mis emociones. Había perdido la noción de a dónde me dirigía, la noción del tiempo, la noción de mí misma. Ignoro en qué momento esto comenzó o cuándo concluyó, pero al recobrar la conciencia me encontraba en un mundo de hielo, un invierno eterno drenado de color, cercada por mi soledad.
Aun al cabo de que me abandonaran casi todas mis sensaciones, no se me escapaba lo siguiente: en el Polo Sur mi esposo no era el mismo hombre de antes. Me atendía igual que siempre, me hablaba con cariño. Sabía que en verdad profesaba las cosas que me decía. Pero también sabía que ya no era el hombre de hielo que yo había conocido en el hotel para esquiadores.
Sin embargo, no había forma de comunicarle esto a nadie. Toda la gente del Polo Sur lo quería, y sea como sea no podían comprender ni media palabra de lo que yo expresaba. Exhalando su aliento blanco, intercambiaban bromas y discutían y cantaban canciones en su idioma mientras yo permanecía sentada en nuestra habitación, mirando un cielo gris que no daba señales de despejarse en los meses venideros. El avión que nos trajo había desaparecido mucho tiempo atrás y la pista de aterrizaje no tardó en ser cubierta por una firme capa de hielo, al igual que mi corazón.
—Ha llegado el invierno —dijo mi marido—. Será muy largo y no habrá más aviones ni barcos. Todo se ha congelado. Parece que tendremos que quedarnos aquí hasta la primavera.
Unos tres meses después de arribar al Polo Sur, caí en la cuenta
de que estaba embarazada. El bebé, lo asumí desde el inicio, sería un pequeño hombre de hielo. Mi útero se había congelado, mi líquido amniótico era aguanieve. Sentía su frialdad dentro de mí. Mi hijo sería idéntico a su padre, con ojos como carámbanos y dedos escarchados. Y nuestra nueva familia jamás se mudaría del Polo Sur. El pasado perpetuo, denso más allá de todo juicio, nos tenía en su poder. Nunca nos libraríamos de él.
Ahora ya casi no me queda corazón. Mi calor se ha ido muy lejos; en ocasiones olvido que existió alguna vez. En este sitio soy la persona más solitaria del mundo. Cuando lloro, el hombre de hielo besa mi mejilla y mi llanto se endurece. Toma las lágrimas congeladas y se las lleva a la lengua.
—¿Ves cuánto te amo? —murmura.
Dice la verdad. Pero un viento que sopla desde ninguna parte arrastra sus palabras blancas hacia atrás, rumbo al pasado.

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Bajo tierra;

martes, 28 de junio de 2011,6/28/2011


Ella tenía el cabello corto, a nadie le gustaba aquello, ya sea porque sus ojos se notaban más grandes de lo habitual o por simple sexismo, rasgo habitual en su entorno. Pero, gustase a quien le gustase ella llevaba su peinado con una sonrisa, que quizás hacía más grotesco el hecho.
 A ella le gustaba pasear por el andén del metro, cerca de los rieles, para cuando el tren pasara el viento la intentara empujar. A nadie le gustaba ello, aunque odiaban menos ello que el hecho que tuviera ese corte, sin embargo a ella no le importaba. Lo que si le importaba era que no había podido saltar al otro lado.
Estaba en la punta, con la mitad del zapato en el aire, las manos extendidas, por si alguien se dignaba a jalarla hacia su destino, pero, aunque ellos estaban en ese otro extremo no hicieron ademán de querer cruzarla. Ella no les habló, no se los pidió más que con aquel ademán de estirar los brazos, sus labios no se entreabrieron, mas, que para ahogar los sollozos.
Aunque había sido abandonada por ellos, no estaba sola, en su lado había más personas, algunas sentadas en unas improvisadas sillas de color destacador y unas jugando en los escalones, como si quisieran ignorar el que debían cruzar al otro lado.
Ella suspiró, miró al cielo, encontrándose con el techo de la estación, algunas palomas revoloteaban por sobre fierros que nunca entendería para qué servían.
Qué triste –repentinamente se dijo a sí misma- Qué vergonzoso.
Odiaba su voz, por eso evitaba hablar más de lo necesario, pero aquellas palabras habían luchado por hacerse realidad, logrando su objetivo. Quería gritarlas, repetirlas hasta el cansancio, golpearse el rostro y arañarselo, proferir las maldiciones que pudiese ocurrírsele… porque no cruzó el camino, ya no había fama resguardada para ese nombre… que ya olvidé.
-Qué triste –repitió en voz un poquito más alta- Qué vergonzoso… qué triste.
-¿Vas a quedarte repitiendo eso todo el día?
Los ojos negros de aquella sin nombre fulminaron a quien quiera que intervino, que se encontraba tras de ella, con las manos en los bolsillos y una postura bastante relajada. Ella volteó y le enfrentó, conteniendo las ganas de empujarle y espetarle que no era igual que él, no podía serlo.
-¿De qué vale callarlo si tus ojos hablan por sí mismos? –le dijo y dio un paso al frente. Aquello fue suficiente para que la otra retrocediera- Cobarde… como todos nosotros.
-¡No! –hubiera querido chillar con todas sus fuerzas, pero a cambio volteó nuevamente y observó el otro lado, convencida que podía evidenciar el que ella era distinta. Saltó… Cayó entre ambos rieles, muy lejos de aquel otro extremo. No podía cruzar, había demostrado que no pudo, ni podía hacerlo.
-¿Qué tiene de malo no poder hacerlo a la primera? –escuchó la voz de ese mismo entrometido. Ahora, que se hallaba en los rieles, bajo de aquella plataforma desde donde él le hablaba se sintió peor que un gusano. Intentó mantener la frente en alto, pero las lágrimas la obligaron a bajar la cabeza.
-No soy inútil como tú –repuso con la voz temblorosa, lo que la apenó más aún- ¡No me compares contigo, ni todos ellos!
El ambiente cambió, el desprecio se notaba en los semblantes de aquellos que no podía cruzar. Ella, los observaba con repugnancia, ellos, sin excepción, sin piedad, con pensamientos repulsivos.
Pareció como si repentinamente todos hubieran cocido sus labios con un hilo invisible. Solo se oía la respiración irregular de la aborrecida joven de cabello corto, producto del llanto, a veces el ruido del metal de los rieles, impactados por las lastimadas y sangres piernas de aquella que falló.
Los ojos negros daban la impresión de estar sumergidos en petróleo, estaban húmedos la mayoría del tiempo, ya que ella intentaba no derramar lágrimas, sino retenerlas allí hasta que pudieran desaparecer, de maneras que ni ella se podía explicar, pero quería creer. Aquellos agujeros pétreos observaban la otra orilla, con la esperanza de poder llegar a ella, aun sin moverse de allí… porque no podía hacerlo, los rieles la retenían, como si fueran hechos de una especie de goma pegajosa.
-¿Por qué no dejas que te dé una mano?
-¿Por qué no te mueres? –fue su respuesta, nuevamente dirigida a ese sin nombre, de actitud irresponsable y aspecto indiferente- Me harías un gran favor.
-Porque quizás quiero tanto como tu llegar allá.
-¿Qué sabes tú de cuanto quiero llegar allá? -Giró y por ello el corto cabello se movió violentamente- ¡No te compares a mí! –gritó.
Qué triste… -dijo él y se encuclilló, en la orilla de la plataforma- Qué vergonzoso…
Los ojos negros se desbordaron y las mejillas rojas de aquella fueron empapadas rápidamente por esos azabaches ríos salados. Se mordió los labios con fuerza y violencia, queriendo herírselos, sin embargo nada ocurrió. Estaba ella, aquella sumida en la bruma, siendo observaba por ese típico chico que odiaría y del que se burlaría. Estaba él arriba en la plataforma y ella abajo, en los rieles, llorando, suplicándole a quien fuera que los estuviera guiando que eso no fuese un hecho. Pero lo era y para olvidarlo debía primero admitir… que era igual que él.

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El mito de Eco y Narciso.;

viernes, 22 de abril de 2011,4/22/2011

La ninfa Eco estaba triste, pálida, recluida en su cueva de los bosques. La Diosa Hera había hecho caer sobre ella una terrible maldición: “A partir de ahora sea que tu melodiosa voz se convertirá en susurro y sólo podrás repetir las últimas palabras que otros pronuncien”. Hacía tiempo, Eco cantaba. Cantaba y cantaba para distraer con su bello cántico a Hera, y que ésta no descubriese a Zeus regalando amores a otras doncellas. Pero Hera la había descubierto. Su dolor no sosegaba y no podía más que pasear a solas, lánguida, con paso ciego, a través de la arbolada, haciendo crujir con sus pisadas las ramitas y las hojas secas que alfombraban el bosque.
Narciso paseaba solo, ajeno a sus compañeros de cacería, ajeno a todo, incluso a sí mismo. Desconocía su desmesurada belleza y los encantos que prendaban de él a las ninfas, a las doncellas y hasta al mismísimo dios Apolo. Él simplemente se dedicaba a desdeñarles, dejándoles consumidos en el miserable pozo del desprecio, abocados al dolor de sentirse nadie para quien lo era Todo. “Su perdición será contemplar su propia imagen”- Había predicho el adivino Tiresias el mismo día en que Narciso vio el mundo por vez primera. Y así había vivido hasta entonces, alejado de reflejos y de espejos, halagado, admirado, fascinador de miradas que no eran correspondidas, seductor nunca seducido y jamás tocado por los dedos del Amor.
Una rama crujió.
-“¿Quién está ahí?”-
- “Está ahí.... está ahí... está ahí....” – Respondió Eco. Abrazada por Cupido, abrió sus enormes ojos al verse sorprendida por Narciso... y echó a correr. Narciso la siguió.
- “¿Por qué huyes? Ven a mi”-
- “A mi.... a mi.....”-
Cuando se encontraron, Eco, con el corazón hechizado, tendió los brazos a Narciso con intención de que, si bien su voz no podía expresar su amor inmenso, pudiera sí demostrarlo con su entrega y su pasión. Pero fue la fría sonrisa de él quien le tendió la mano, y sus palabras:
-“No pensarás que yo te amo”-
-“Te amo.... te amo.....”- Repitió Eco, desesperada, desfallecida, con los brazos aún abiertos, vacíos y temblorosos, llenos de Amor... y sus enormes ojos anegados en lágrimas.
- “Permitan los Dioses que me deshaga la muerte antes de que tú goces de mi”-
Narciso desapareció altanero. Y Eco, caminando despacio y sin fuerzas, arrastrando ramitas crujientes a su paso lento, se recluyó de nuevo en su cueva. Su voz se convirtió en un hilo: “Para él quieran los Dioses que, cuando ame como yo ahora amo, desespere y sufra como mi alma sufre y desespera”
Y luego desapareció.
Pero Némesis, la Diosa de la Venganza, había escuchado el ruego de aquél pensamiento sin voz, y como castigo condenó a Narciso a padecer una inmensa sed. El desesperado Narciso se acercó sin pensar a la orilla del riachuelo más claro, más transparente, donde tenía el cielo su mejor espejo y, al ir a beber, sus azules ojos contemplaron el rostro más bello que jamás hubiesen visto o quizás imaginado. Aquella alegoría de la perfección no era sino él mismo, su propio ser de quien se había al instante enamorado.
La desesperación por querer amarse y poseerse le hizo gritar enfurecido: “¡Dioses míos, de qué clase cruel es este castigo! Me inyecta la sangre lo más prohibido del amor, el amor que va conmigo, del que no puedo desprenderme aunque me aparte de la imagen de este río, del que me seguirá entera y eternamente y que ni en los confines de la misma Eternidad podrá ser mío. ¡Por qué he de ser yo merecedor de este abismo! El mismo fuego que me devora es el que ahora yo atizo; a mi me podrán amar otros, pero yo no puedo amarme a mi mismo porque no soy capaz de encontrarme aún sin distancia que me separe del objeto de mi Amor, y ni siquiera puedo morir por él sin arrastrar también su vida conmigo. ¿Cómo puedo entonces ansiar vivir si no existe en el Amor ni en mí motivo?”
Lloraba Narciso. Lloraba aferrado a la orilla del riachuelo, con los brazos extendidos y las puntas de sus cabellos rozando las cristalinas aguas como queriendo tocar con ellas la imagen amada. El furor de su deseo, los rayos de sol bañados del celeste azul, las hojas de la fronda y las mariposas reflejadas en las danzarinas ondas, y los destellos luminosos desde el cristal del río, fueron regalando colores a aquella figura exhausta, y aquella estatua esbelta, inerte, enamorada, abrazada moribunda a la orilla, se convirtió en una flor.

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Tapando el sol con un dedo.;

sábado, 16 de abril de 2011,4/16/2011

Las pupilas ensangrentadas teñían las mejillas y no destilaban gotas chorreantes de sangre, sino que todo se mojaba con una negra lluvia y granizada de sangre.
Sófocles. Edipo Rey. 

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El lugar silencioso;

domingo, 10 de abril de 2011,4/10/2011


Con lentitud rosó la punta de sus dedos contra el cabello marrón de la chica frente a sí, era ondulado, especialmente en las puntas, las que tenían un ligero color más claro, casi rubio. Los ojos verdeazulados de María recorrieron perezosamente el vestido blanco invierno de la otra, sin avergonzarse por el irrespestuoso ademán de recorrerla de arriba a abajo sin disimulo. Sin embargo, no había ningun indicio que esto molestara a la castaña, de hecho se veía casi tan curiosa como la propia María, pero ninguna de las dos se atrevía a abrir la boca e inquirir lo mucho que deseaban saber.
"No sería educado..." se regañó María, ignorando por completo que todo lo que había hecho se excedía y se consideraba sin respeto de todos modos.
Pero la otra parecía incluso a gusto, la mirada de ella se perdía en la de María, pero cuando esta intentaba devolversela esta miraba a otro lado, casi como si fuese un jueguito. Y en cierto modo lo era, uno que pudiera llamarse: "¿Quién cederá primero?". María no planeaba perder, pero aquella desconocida parecía pensar lo mismo. ¿Qué haría para ganar? Se preguntó mordiendose un labio y notó casi de inmediato que la otra chica hacía el mismo gesto; abrió mucho los ojos y rió un poco, escuchando también por primera vez a la otra, quien había tenido una reacción casi identica.
"Su risa suena como la de una hiena" Se burló internamente María y luego bajó la mano que se había llevado a la boca, al reír. Abrió los labios, para decirle que parecían pensar lo mismo, pero recordó a tiempo que se suponía que no iba a dirigirle palabra hasta que ella lo hiciera. La otra suspiró, aliviada y luego sonrió de una manera cálida y amable.
"Su rostro se ve menos muerto así" Se sorprendió reflexionando María y ciertamente aquela inconsciente pensamiento tenía razón. El rostro de la otra se veía rígido, casi como si perteneciera a una muñequita de porcelana, tenía los ojos grandes y abundantes pestañas crespas, un mentón prominente, pero finamente moldeado y labios delgados, de un color rosa pálido, no destacaba por su belleza, más bien era solo un rostro más, como muchos otros, mas, cuando sonreía parecía que aquella pálida belleza se colorara.
—María.
La aludida se había visto tan concentrada analizando el rostro de aquella otra frente a sí que cuando escuchó su nombre dio un respingo, asustada.
—¿Sí? —respondió, sin darse cuenta que había ganado el jueguito que ocultaba su propia timidez.
Repentinamente un sonido resquebrajó el ambiente de calma que había dominado el lugar hasta ese instante. María volteó a los lados, mirando de dónde podía provenir tal ruido, que momentaneamente la había turbado.
—No puedes continuar allí para siempre, María.
Las orbes verdes recorrieron aquel otro rostro con prisa, como si esperaran algún indicio que le indicara que aquellas palabras que había oído eran solo una broma pesada.
—¿De qué hablas? —murmuró con una lamentable voz e intentó retroceder, pero sus piernas no se movieron, como si repentinamente la habitación hubiese cambiado de lado y la gravedad aplastara a María contra esa otra desconocida.
El sonido se repitió y de repente todo se fue a negro. María... contó hasta tres y la misma manó que le había tapado los ojos ahora le apretaba el cuello fuertemente, tal como el velo de Yocasta terminó por entintar su iris
—¿Qu-qué quieres? —murmuró con el poco aire que le quedaba.
Esa otra, de ojos verdes y cabello marrón sonrió y le respondió entre susurros a su oído.
—Decide.
Resonó un pequeño "clack" y aquellos ojos verdeazulados se derramaron, ahogando los pulmones de María, quien comprendió que siempre había estado sola.

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Y continua...;

sábado, 13 de noviembre de 2010,11/13/2010


A pesar de que el cielo no tenga nubes grises y el sol te llegue en los pómulos de una manera suave y tierna... ¿continúas insistiendo en que está lloviendo?
Continua lloviendo allí...murmuras con la voz temblorosa, a causa de los sollozos.
Alzo la vista, pero no hay indicios que corroboren tus palabras. Lo único que realmente cae son tus lágrimas.
Hago una mueca y suspiro.
¿Podrías dejar de mentirte? Te inquiero con dureza.
Negaste con la cabeza, cerrando los ojos por unos segundos.
No lo hago, puede que no sea aquí... pero ciertamente, en algún lugar continua lloviendo.
Meneo la cabeza, cansada de tus excusas.
Deja de esconder la cabeza en la tierra o los problemas van a devorarte fácilmente— mascullé encuclillándome frente a ti.
Si me mantengo quieta y callada... desapareceré sonreíste al decirlo, lo que me dejó fría—, siempre ha sido así.
¿Planeas desaparecer? Te inquirí alzando un poco la voz.
Me miraste y tu sonrisa se hizo añicos, sólo quedó una mueca extraña y fea.
Si lo haces nadie podrá verte, ni siquiera aquellas personas a las cuales amas, te advertí y ese amor hará lo mismo: desaparecer.
Giraste, me diste la espalda y te quedaste callada.
Que así sea susurraste— No puedo... no puedo pedir lo contrario, es lo que merezco.
Tú eres la que quiere mantener esos grilletes te aseguré.
Reíste un poco, pero aquel sonido se terminó convirtiendo en gemidos, producto de que evitabas seguir llorando.
¿Crees que querría algo así? replicaste con un hilo de voz.
¿Por qué no te los quitas entonces? inquirí sin ninguna emoción en la voz.
Te quedaste callada. El labio inferior te tiritó, como si quisieras hacer un puchero, pero lo controlaste al hablar.
La llave sólo hace que se aflojen... que la sangre pueda pasar.
Solté un bufido y te jalé del cabello, haciendo que avanzaras hacia mí y chocara tu frente contra mi rodilla.
Esa no es la llave entonces.
Pero ella ya está muerta replicaste en seguida, volteando el rostro hacia mí.
Ella no lo está.
Ambas nos quedamos en silencio, perdiéndonos en la idéntica mirada de la otra. No teníamos la respuesta... por eso continua lloviendo.

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La no-historia de la chiquilla de ojos despectivos.;

miércoles, 20 de octubre de 2010,10/20/2010


La música danza en el salón, llenándolo con sus hermosos pasos y sus movimientos suaves. La habitación se vuelve una especie de contenedor de vidrio, que situa y a la vez reprime a la bailarina.
La chiquilla de ojos despectivos observa con cuidado el lugar, la brisa, producto del desplazamiento de la música, le llega al rostro y debe entre cerrar los ojos. Está pensando, analiza lo que se encuentra a su alrededor, porque sabe que si se levanta de la silla debe ser exclusivamente para cumplir con lo que desea. No puede arriesgarse a dar pasos en falso, no debe gastar su saliva en cosas que podrían resultarle nefastas, sólo tiene que avanzar con un propósito y logarlo, como sea… incluso si es que son otros los que le llevan y facilitan su final.
La música ha terminado, la bailarina ha desaparecido en el viento y la noche consume con su boca oscura toda la habitación. 
La chiquilla de ojos despectivos observa el piso, como si buscara una respuesta en la alfombra de hilos. Todo el mundo ha marchado y ella continua sentada allí, pensando en que quizás hubiera sido agradable haber bailado al centro, entonar aquella melodía de ritmo alegre o conversar con la gente que se había reunido cerca de la pileta. Sin embargo era tarde ya, lo suficientemente tarde para que unas lágrimas de amargura resbalaran por sus rojas mejillas.
Nadie vino… murmuró.
Se refería a que nadie intentó pararla, ni convencerla de que cambiase de actitud, nadie le ayudó, nadie le hizo el camino, para que ella sólo caminase sin ensuciarse…
El sonido que inunda el lugar son los sollozos.La chiquilla de ojos despectivos está en el piso y se tapa el rostro con las manos. La sangre cae por su oído y sus ojos. Era su final… el final de una historia que no se alcanzó a escribir.

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