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El lugar silencioso;

domingo, 10 de abril de 2011,4/10/2011


Con lentitud rosó la punta de sus dedos contra el cabello marrón de la chica frente a sí, era ondulado, especialmente en las puntas, las que tenían un ligero color más claro, casi rubio. Los ojos verdeazulados de María recorrieron perezosamente el vestido blanco invierno de la otra, sin avergonzarse por el irrespestuoso ademán de recorrerla de arriba a abajo sin disimulo. Sin embargo, no había ningun indicio que esto molestara a la castaña, de hecho se veía casi tan curiosa como la propia María, pero ninguna de las dos se atrevía a abrir la boca e inquirir lo mucho que deseaban saber.
"No sería educado..." se regañó María, ignorando por completo que todo lo que había hecho se excedía y se consideraba sin respeto de todos modos.
Pero la otra parecía incluso a gusto, la mirada de ella se perdía en la de María, pero cuando esta intentaba devolversela esta miraba a otro lado, casi como si fuese un jueguito. Y en cierto modo lo era, uno que pudiera llamarse: "¿Quién cederá primero?". María no planeaba perder, pero aquella desconocida parecía pensar lo mismo. ¿Qué haría para ganar? Se preguntó mordiendose un labio y notó casi de inmediato que la otra chica hacía el mismo gesto; abrió mucho los ojos y rió un poco, escuchando también por primera vez a la otra, quien había tenido una reacción casi identica.
"Su risa suena como la de una hiena" Se burló internamente María y luego bajó la mano que se había llevado a la boca, al reír. Abrió los labios, para decirle que parecían pensar lo mismo, pero recordó a tiempo que se suponía que no iba a dirigirle palabra hasta que ella lo hiciera. La otra suspiró, aliviada y luego sonrió de una manera cálida y amable.
"Su rostro se ve menos muerto así" Se sorprendió reflexionando María y ciertamente aquela inconsciente pensamiento tenía razón. El rostro de la otra se veía rígido, casi como si perteneciera a una muñequita de porcelana, tenía los ojos grandes y abundantes pestañas crespas, un mentón prominente, pero finamente moldeado y labios delgados, de un color rosa pálido, no destacaba por su belleza, más bien era solo un rostro más, como muchos otros, mas, cuando sonreía parecía que aquella pálida belleza se colorara.
—María.
La aludida se había visto tan concentrada analizando el rostro de aquella otra frente a sí que cuando escuchó su nombre dio un respingo, asustada.
—¿Sí? —respondió, sin darse cuenta que había ganado el jueguito que ocultaba su propia timidez.
Repentinamente un sonido resquebrajó el ambiente de calma que había dominado el lugar hasta ese instante. María volteó a los lados, mirando de dónde podía provenir tal ruido, que momentaneamente la había turbado.
—No puedes continuar allí para siempre, María.
Las orbes verdes recorrieron aquel otro rostro con prisa, como si esperaran algún indicio que le indicara que aquellas palabras que había oído eran solo una broma pesada.
—¿De qué hablas? —murmuró con una lamentable voz e intentó retroceder, pero sus piernas no se movieron, como si repentinamente la habitación hubiese cambiado de lado y la gravedad aplastara a María contra esa otra desconocida.
El sonido se repitió y de repente todo se fue a negro. María... contó hasta tres y la misma manó que le había tapado los ojos ahora le apretaba el cuello fuertemente, tal como el velo de Yocasta terminó por entintar su iris
—¿Qu-qué quieres? —murmuró con el poco aire que le quedaba.
Esa otra, de ojos verdes y cabello marrón sonrió y le respondió entre susurros a su oído.
—Decide.
Resonó un pequeño "clack" y aquellos ojos verdeazulados se derramaron, ahogando los pulmones de María, quien comprendió que siempre había estado sola.

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